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Desprotegidos ante la Covid, los esse ejjas de La Paz necesitan comida, jabón, remedios y ropa (Página Siete, 15.5.20)

Desprotegidos ante la Covid, los esse ejjas de La Paz necesitan comida, jabón, remedios y ropa (Página Siete, 15.5.20)

El pueblo no recibió información sobre el coronavirus pero acata la cuarentena. Los niños tosen y necesitan medicamentos. Ante la falta de jabón, tienen problemas en la piel. Se reunieron para pedir ayuda. Están a 5 minutos de San Buenaventura.

Ivone Juárez /  La Paz

Se reunieron en su comunidad Eyiyoquibo (pie de montaña, en español), en San Buenaventura, norte de La Paz, para tomar la decisión de pedir  ayuda a través de los medios de comunicación. Desde hace más de 50 días acatan la cuarentena, pese a que ningún médico o personal de salud los visitó para informarles de qué se trata la  Covid -19, cómo son los síntomas y qué deben hacer.

Son 90 familias, con siete y hasta ocho integrantes cada una. Ya no tienen qué comer, ni jabón para asearse ni para lavar la ropa. Ante la llegada del invierno, ya sienten el frío y no tienen prendas abrigadas. Muchos calzan zapatos rotos, lo más caminan con  pies desnudos.

Delegaron a Sawka y a Motoro como voceros. Sawka (bambú, en ese ejja) es  Alberto Torrez para temas legales y de ciudadanía fuera de la comunidad; Motoro (motor  en ese ejja, porque  nació en una embarcación durante un viaje por el río) es Wilson Torrez. Todos los ese ejja tienen sus documentos de identidad con nombres mestizos para ejercer los pocos derechos que ejercen ante el Estado boliviano, pero los usan fuera de la comunidad, dentro son Sawka, Motono, Kuni, Makini.

Los ese ejjas de La Paz  están ubicados en San Buenaventura.

Sawka está muy preocupado porque dentro la comunidad ya no tienen comida. Los víveres que lograron acopiar antes de la cuarentena y los que les entregó Río Tv de Rurrenabaque, Beni, se  acabaron.

Viven de la pesca, de los sábalos, pintados o bagres que venden en Rurrenabaque o entregan a intermediarios que los pueden traer hasta La Paz. Como acatan disciplinadamente la cuarentena porque temen el contagio, no salen de su comunidad.

“No podemos salir. Vivimos de la pesca y no hay cómo vender en Rurrenabaque. Ya no tenemos comida. Estamos sufriendo, más que todo los niños, porque no tienen ya ni zapatos, ni ropa, dos meses ya estamos sin salir. Se nos acabó el jabón”, lamenta el ese ejja.

Ni antes ni durante la cuarentena recibieron la visita de personal de salud de la Gobernación de La Paz, tampoco de la de Beni. No saben cómo son los síntomas de la Covid -19, sólo que la enfermedad es muy peligrosa y mortal, por eso acatan la cuarentena y no dejan su comunidad. Eso oyeron y vieron en la televisión.

ece que nos hicieron a un lado, las autoridades de San Buenaventura no nos visitan; no vinieron médicos, nada, ni antes ni ahora. Quisiéramos que vengan a explicarnos, no sabemos qué es el coronavirus”, dice Sawka a Página Siete.

El indígena está inquieto porque los niños están tosiendo y necesitan medicamentos. “Siempre  están tosiendo los niños,  no es coronavirus, porque cuando vimos un caso, nos arriesgamos y los llevamos a algunos al hospital de San Buenaventura, pero nos dijeron que no era la pandemia. Necesitamos medicamentos”,  explica.

Eyiyoquibo no es una comunidad perdida en la selva; está a cuatro kilómetros de San Buenaventura, cinco minutos en movilidad. “Estamos cerquita a la carretera a Ixiamas, se lee bien el letrero”, aclara Sawka.

Eyiyoquibo es un territorio de 10 hectáreas que una organización religiosa compró para los ese ejjas  y la títuló a su nombre; ahí viven 90 familias, con hasta nueve integrantes, cada una. “Somos más de 300 personas”, dice Motoro.

El ese ejja de 37 años  es el promotor de salud de la comunidad y afirma que se le acabaron todas las raciones secas que tenían y que en los últimos días su dieta se restringe al consumo de plátanos y otras frutas que producen en sus terrenos.

Sin embargo, su mayor preocupación es la falta de productos para el aseo personal. “Los niños están llorando porque ya tienen caracha en la cabeza, se acabó el jabón, el shampoo, no tenemos con qué asearnos. Por favor, que nos traigan un botiquín”, pide.

“Necesitamos médicos, que vengan a revisarnos, a ver si llegó la enfermedad, no creemos, porque no hay los síntomas, pero necesitamos ayuda”, afirma.

Otra necesidad es la ropa, primero porque son dos meses y muchos vieron sus prendas envejecer, sobre todos los zapatos. Otro factor es la cercanía del invierno, la temperatura comenzó a descender y precisan prendas más abrigadas.

Y los ese ejjas tampoco están libres de la desinformación en tiempo de pandemia. Les llegaron versiones y mensajes en sentido de que el coronavirus no existe, pero decidieron no tomarlos en cuenta.

“Nos llegan los mensajes que dicen que no hay coronavirus, pero nosotros estamos creyendo que hay la enfermedad porque los indígenas somos las más vulnerables y no hay doctor que venga a visitarnos, ni alcalde,  creo que se olvidaron de nosotros”, afirma Sawka o  Alberto Torrez, como dice en su carnet de identidad.

Cedib: Indígenas tienen hipertensión, diabetes  y otros males que los hacen   blanco del virus

La cuarentena que gobierna Bolivia desde el 22 de marzo ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de varios sectores de la población y sobre todo el grado de olvido en el que se encuentran, no sólo del Estado, sino de los bolivianos.

Uno de estos sectores son los indígenas de tierras altas, que en estos tiempos de pandemia fueron olvidados, como denuncian ellos mismos.

De acuerdo al Centro de Documentación e Información Bolivia (Cedib), los indígenas  son altamente vulnerables a la pandemia, no sólo por el grado de abandono en el que se encuentran sino, además,  debido a que por su calidad de vida y alimentación  presentan enfermedades de base que los hacen blanco de coronavirus.

Un ese ejja muestra  la situación de su pueblo.

“Por su poca relación con centros poblados, su alimentación y condiciones de vida, tienen varias enfermedades respiratorias y digestivas;  padecen diabetes, hipertensión, enfermedades de base que los deja en una condición más vulnerable al coronavirus”, alerta el director del Cedib, Oscar Campanini.

El especialista sugiere ayudar a este sector de la población boliviana tomando todas las previsiones para no llevar la enfermedad a sus regiones;  informarles y capacitarlos  para que puedan  reaccionar oportunamente. Todo respetando su lógica de vida y relacionamiento social.

El Cedib elaboró un mapa con información de los casos de la Covid-19 en los municipios de Bolivia  donde habitan pueblos indígena,  como es el caso de los ese ejjas de San Buenavenutura, norte de La Paz. Campanini aclara que esta información no implica que la pandemia hubiese llegado a estos territorios, pero advierte sobre el inminente peligro que se cierne sobre estas poblaciones.

“No podemos afirmar que estén contagiados, porque lamentablemente no se cuenta con esa información, mas aún de los pueblos no contactados, pero queremos advertir sobre el grave riesgo de contagios”, afirma.

En el mapa del Cedib se distiguen poblaciones donde habitan los araonas, pacahuaras, esse ejjas, bia yaquis y ayoreos tobites, que se encuentran en Beni, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz.

Mujeres y niños  posaron para Página Siete.

El pueblo que bajó del cielo y no pudo regresar

Los ese ejjas (el hombre, en español) son un pueblo mágico. Guardan sus costumbres y leyendas profundamente y las transmiten oralmente  entre ellos. En sus comunidades se comunican sólo en su lengua (no tienen escritura) y se llaman por sus verdaderos nombres, no por los mestizos que tuvieron que tomar para ser parte del Estado boliviano, dice Lucio Méndez.

Él  los conoce desde niño y convivió con ellos casi medio año. Así relata la leyenda de su origen.

El pueblo vivía en el cielo, cuidando la tierra, llena de frutos, que nadie cuidaba. Un día los ese ejja decidieron bajar, deslizándose por una liana y dejaron a una abuela cuidando la cuerda. Se fueron por la tierra, comiendo toda la fruta que podían,  y se olvidaron de la anciana, que  se enojó y dejó caer la liana. Cuando  volvieron ya no pudieron subir cielo; por eso viven en la tierra.

Los ese ejjas de San Buenaventura vinieron desde Perú (Madre de Dios)  después de una pelea de clanes. No tenían territorio, hasta que una iglesia evangélica compró 10 hectáreas y las tituló su nombre; ahí  viven hasta ahora. «Es una tierra insuficiente para 90 familias, pero es lo que tienen, hasta antes eran itinerantes», dice Méndez.

Señala que el pueblo aún vive de la caza y recolección de alimentos. De acuerdo a la época, recolectan huevos de  caimán o de tortuga para su alimentación. No cultivan alimentos porque no tienen tierras ni conocimientos para esa actividad.

El ese ejja Motoro dice que su pueblo confía mucho en Mendez, a quien llaman K waii (colibrí). Le encomendaron la tarea de buscar ayuda para ellos a través de los medios de comunicación.

Testimonio

Motoro (Wilson Torrez)  indígena ese ejja
«Médicos para que vean a los niños»

«Somos indígenas humildes que no tenemos mucho territorio para trabajar, sólo ocho hectáreas para 90 familias. Teníamos 10 hectáreas, pero las perdimos por las inundaciones. Vivimos de la pesca, pero ya casi nadie compra, y no se puede salir. Estamos cumpliendo la cuarentena, la gente no sale de sus casas, algunos salen a tomar aire, pero son  pocos. Ya no tenemos  alimentos, ni ropa. Los niños se están desnutriendo y enfermando; las mamás no tienen leche para dar de lactar a sus bebés. Quisiéramos que vengan médicos para que nos digan qué tienen los niños».

Fuente: paginasiete.bo